Nuestra Necesidad de Perseguir

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La mayor parte de nuestras vidas la pasamos persiguiendo algo. Un título. Una pareja. Una carrera. Una posesión. Una versión del éxito que nos dijeron que finalmente nos haría completos. Desde la infancia se nos entrena para alcanzar, para esforzarnos, para perseguir aquello que parece estar siempre un poco más allá. Rara vez nos detenemos el tiempo suficiente para preguntarnos qué pasaría si dejáramos de perseguir algo.

Al principio, no perseguir puede sentirse inquietante. Sin una próxima meta, aparece la inquietud. Surge el aburrimiento. Una ansiedad silenciosa vibra bajo la superficie. Nuestra cultura llama a esto vacío, pero muchas veces es “espacio”. Y en ese espacio, comenzamos a escucharnos nuevamente. Empezamos a notar la vida sutil que siempre estuvo ocurriendo bajo el ruido del constante intento de convertirnos en algo.

La ciencia muestra que gran parte de nuestra motivación funciona en ciclos de anticipación, recompensa y caída emocional. Perseguimos. Conseguimos o fallamos. Luego caemos. Luego volvemos a perseguir. Con el tiempo, la vida se convierte en un bucle interminable de “todavía no”. Pero cuando aflojamos nuestro apego a la persecución constante, algo se suaviza. El sistema nervioso se calma. La mente se aclara. Los pequeños detalles sagrados de la vida vuelven a hacerse visibles. El sabor del agua. El calor de la luz. La belleza de la naturaleza. El milagro silencioso de la respiración moviéndose a través del cuerpo, instante tras instante, sin pedir nada y dándolo todo.

Espiritualmente, soltar la persecución constante no es pasividad. Es liberación. Es actuar sin estar esclavizado al resultado. Es crear, amar y moverse desde la alineación en lugar de la carencia. Es permitir que la vida fluya a través de ti en lugar de intentar forzarla a obedecerte. Es descubrir que el valor nunca fue algo que tenías que ganar, solo algo que tenías que recordar.

Y entonces algo más profundo se revela. Empiezas a ver cuántas veces la persecución fue un disfraz del vacío. Cuántas veces el logro fue un intento de sentirte suficiente. En la quietud, descubres una conciencia debajo de la identidad, una presencia que nunca perseguía nada porque nunca le faltó nada.

Nunca estuviste incompleto, solo distraído. La vida nunca estuvo esperando en una línea de meta. Siempre ha estado aquí, respirando a través de ti, desplegándose a tu alrededor. La paz no se encuentra en la llegada. Se revela en la presencia. El significado no es algo que atrapas; es algo que habitas. Y a veces, el momento en que dejas de perseguir es el momento en que descubres que nunca estuviste perdido, solo estabas mirando lejos de lo que siempre estuvo aquí.

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Autor: Mauricio "Mao" Correa
Páginas Web: rutaauno.com
Blog de Artículos: rutaaunoblog.blogspot.com

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