La Ilusión del “Yo”

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Un hombre se sentó una vez frente a un anciano sabio, cargando una pregunta que lo había acompañado durante años, a través de pérdidas, cambios y decepciones silenciosas. No fue la curiosidad lo que lo llevó hasta allí, sino el cansancio.

“¿Por qué soy lo que soy?”, preguntó.

El anciano sonrió, no con diversión, sino con reconocimiento. Como si hubiera escuchado esa pregunta muchas veces y, aun así, supiera que para quien la formulaba era completamente nueva.

“Eres lo que eres,” respondió suavemente, “porque todavía no comprendes lo que eres”.

El hombre frunció el ceño. “No entiendo”.

El anciano se inclinó un poco más. Su voz era serena, como el viento que atraviesa una ventana abierta.

“Lo que crees que eres”, dijo, “no lo eres”. “Lo que no crees que eres, eso eres”.

Las palabras no aterrizaron en la mente del hombre. La atravesaron. Las sintió, como una pausa en la respiración, como estar al borde de algo vasto. Aun así, insistió, pidiendo claridad.

“Toda tu vida, dijo el anciano, “has confundido el disfraz con quien lo viste. Llegaste a un cuerpo que no elegiste, a un lugar que no seleccionaste, con un idioma, una historia, un relato que te fueron entregados. Y con esas piezas construiste un nombre y una historia y lo llamaste “yo””.

Dejó que el silencio hablara.

“Si hubieras nacido en otro lugar, tus creencias serían distintas. Tus miedos tendrían otros rostros. Tu nombre cambiaría. Y, aun así, defenderías todo eso como si fueras tú. ¿Cómo puede ser tu verdad algo que cambia con tanta facilidad?”.

El hombre bajó la mirada. Algo en su interior se ablandó.

“Esta identidad que proteges”, continuó el anciano, “es como un castillo hecho de arena. Una sola ola, una pérdida, un cambio, un accidente, una enfermedad, el paso del tiempo, y se derrumba. Aquí es donde nace el sufrimiento: no de la vida, sino de confundir la arena con quien realmente eres.

El hombre susurró: “Entonces, ¿quién soy?”.

El anciano volvió a sonreír. “No el cuerpo. No la mente. No la historia. No el papel que te fue dado o que tu elegiste. Debajo de todo eso hay algo inmóvil. Espacioso. Intacto. Perfecto. Eterno. Ilimitado. No una creencia que sostener, sino una presencia en la cual descansar. No material, sino energética o espiritual”.

El hombre sintió que el mundo se aquietaba. No vacío, sino claro. El castillo en su mente no cayó. Simplemente se aflojó.

El anciano continuó, “Lo que crees que eres puede desmoronarse y desaparecer. Lo que verdaderamente eres nunca ha necesitado ser creado, defendido ni probado, solo recordado. La esencia de quien tu eres, como el loto, se encuentra debajo de las capas”.

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Autor: Mauricio "Mao" Correa
Páginas Web: rutaauno.com
Blog de Artículos: rutaaunoblog.blogspot.com

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